Hace más de una década, Albertus Gregory Tan, ahora de 36 años, jamás imaginó que uno de los momentos más transformadores de su vida llegaría en forma de un dólar, deslizado en un sobre anónimo. Nacido en Yakarta el 8 de abril de 1990, este joven laico católico había llegado al punto de abandonar una misión que parecía imposible. Desanimado por la escasez de recursos y los crecientes obstáculos, se preguntaba si Dios realmente le pedía que continuara. Entonces llegó la carta, inesperadamente. Dentro solo había un dólar y un breve mensaje de aliento. Económicamente, nada cambió, pero espiritualmente, todo cambió: “Sentí que Dios me invitaba a continuar”, recuerda Gregory. Ese pequeño gesto de generosidad se convirtió en la chispa de un movimiento que desde entonces ha impactado la vida de miles de personas en toda Indonesia.
Hoy, la fundación que creó, Vinea Dei, junto con su plataforma digital de financiación colectiva Jala Kasih, ha contribuido a la construcción de 219 iglesias y capillas en algunas de las comunidades católicas más remotas del país. Sin embargo, Gregory insiste en que el mayor logro no se mide en ladrillos, cemento ni estadísticas impresionantes, ya que, según él, “los edificios son solo el resultado visible”, mientras que la verdadera misión “es edificar a las personas, brindar esperanza, fortalecer la fe y recordar a quienes viven al margen que no están olvidados”.
Reconstruir no solo iglesias
Cuando Gregory sintió por primera vez el deseo de contribuir a la reconstrucción de la iglesia, interpretó el llamado de forma literal. Pensó que significaba construir templos donde las comunidades católicas carecían de un lugar para reunirse a orar. Años de viajes a aldeas remotas transformaron gradualmente su visión. “La iglesia se reconstruye mucho antes de que se coloque la primera piedra”, explica hoy. “Comienza cuando las personas se acompañan, comparten las cargas de los demás y se convierten en signos del amor de Dios”. Cada proyecto de construcción, señala, es también un camino de conversión. Los aldeanos contribuyen con lo que pueden: mano de obra, materiales, alimentos o simplemente palabras de aliento. Aprenden a trabajar juntos, a superar las diferencias y a redescubrir la fuerza de su comunidad. Cuando la iglesia está terminada, algo aún más importante toma forma: un renovado sentido de pertenencia.

Descubriendo a Cristo en los suburbios
Entre los muchos lugares que Gregory visitó, un recuerdo en particular sigue guiando su misión. En la primera iglesia apoyada por Vinea Dei, en la diócesis de Sibolga, conoció a niños que cantaban himnos con alegría, a pesar de vivir en extrema pobreza. «Tenían tan poco», recuerda, «y sin embargo, su fe rebosaba». Su alegría se convirtió en una lección que jamás olvidó: «Me enseñaron que el amor de Dios no depende de las riquezas materiales. A veces, quienes menos tienen demuestran la mayor fe». Experiencias como estas lo convencieron de que la evangelización no comienza con grandes programas, sino con la presencia: caminar junto a las personas, escucharlas y permitirles experimentar la cercanía de Dios a través de sencillos actos de compasión.

Una Iglesia que habla el idioma de su pueblo
Esta misma convicción ha guiado a Vinea Dei en la construcción de iglesias. En lugar de imponer diseños idénticos, la fundación anima a las comunidades locales a expresar su identidad cultural a través de la arquitectura sacra. Una iglesia recientemente terminada en Flores incorpora el estilo arquitectónico tradicional Mbaru Niang, reflejando la herencia del pueblo Manggarai. Para Gregory, esto es mucho más que una simple elección arquitectónica: «Cuando las personas reconocen su cultura dentro de la Iglesia, también reconocen que Cristo ya está presente en su historia, sus tradiciones y su forma de vida». En su opinión, la inculturación permite que el Evangelio eche raíces más profundas, ya que se expresa a través de símbolos que ya son familiares y queridos para las personas.
Construyendo una Iglesia Sinodal: Los laicos en misión
A medida que la fundación crecía, su misión se expandió más allá de la construcción de iglesias. Hoy, Vinea Dei también ofrece becas y apoyo académico a niños de familias católicas con escasos recursos, con la convicción de que invertir en la juventud es otra forma de construir el futuro de la Iglesia. La iniciativa se sustenta casi en su totalidad gracias a laicos católicos. Empresarios, maestros, contadores, estudiantes, banqueros, jóvenes profesionales y jubilados: todos contribuyen según sus dones. Muchos nunca se han conocido, pero los une un deseo común de servir. Para Gregory, esto es lo que representa una Iglesia sinodal en la práctica: «Todos tienen una vocación. Todos tienen algo que ofrecer. La misión de la Iglesia pertenece a todos los bautizados».
De cara al futuro, Gregory espera que Vinea Dei continúe llegando a las comunidades más remotas, al tiempo que apoya a los seminaristas cuya formación se ve amenazada por dificultades económicas. Su sueño, además, es que el movimiento pueda algún día expandirse más allá de Indonesia para servir a la Iglesia en otras partes del mundo. Sin embargo, su mensaje final es sorprendentemente sencillo: no una petición de donaciones, sino una invitación. «No les pedimos a todos que apoyen a Jala Kasih», concluye. «Apoyen a su parroquia. Ayuden a su comunidad local. Visiten a quienes se sienten solos. Animen a los necesitados. Empiecen con pequeños gestos. Dios a menudo inicia grandes misiones a través de los actos de amor más sencillos».
Crédito de la nota: Vatican News.

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