14 septiembre, 2026

La vida misionera tiene mucho de aventura…

Así lo expresa María Luisa, una misionera de la Asociación Seglar Misioneros de Jesús, que vive su vocación en el Vicariato de Yurimaguas, en el Alto Amazonas peruano, un territorio inmenso, del tamaño de Irlanda, selvático y fluvial, en el que los ríos sirven de carreteras. Una tierra habitada por comunidades nativas de diversas etnias. Con casi 50 años de misión en estas tierras María Luisa cuenta en este testimonio lo que ha significado para ella la vida misionera:

“La vida misionera tiene mucho de aventura… Aventura de amor, aventura humana. Sí, porque das un paso e ingresas a la misión donde encuentras una cultura diferente, donde las personas te abren su corazón, te comparten su riqueza, te dejan entrar a caminar con ellos.

Entonces sientes la urgencia de descalzarte… respetar… acoger…. Abrirte y dialogar. Y uno entiende muy bien lo que Dios dijo a Moisés: ‘descálzate, estás en tierra sagrada’ (Éxodo 3, 3). Para liberar a la humanidad de los males que sufre, y ser otros Cristos en las calles ‘sanando las dolencias de los pueblos’ (Mateo 4, 23), es necesario abrirte y escuchar a los otros.

Evangelizar ha sido siempre dar ‘Buenas Noticias’. Y para dar una buena noticia, uno debe primero escuchar ‘las malas noticias que se viven’, saber su situación, ponerse en el lugar del otro y conmoverse hasta las entrañas para después, solo después, hablar. Ese proceso en mi vida fue largo. Uno cree que llega a ‘evangelizar’ a personas que no saben y necesitan tu verdad. Y al llegar, encuentras pueblos que tienen mucha riqueza humana porque te acogen, te ofrecen de su pobreza, te abren el corazón… y viven en comunidad, de forma solidaria se ayudan, se comparten entre ellos. Y es entonces cuando uno se ve obligado a cambiar de ‘chip’ y entiende que debe descalzarse y escuchar con el corazón, aprendiendo primero sus valores, sus formas de relacionarse y de vivir.

La vida misionera, entonces, se inicia con años de escucha y de silencio. Años, tiempos, en los que ‘bebes’ de los hermanos y por dentro, redescubres al Dios que te dice: ‘estoy en ellos, encuéntrame y desde ellos, anuncia mi amor, mi misericordia, mi corazón de padre y madre para todos’. Poco a poco uno reaprende lo que significa la misión. Y pasando años, descubres la felicidad de haber sido fiel al Dios que se encarnó, a Jesús, que se hizo uno de tantos…

Esta es mi experiencia. Una experiencia muy feliz. La situación sociopolítica y económica es dura y acompaño a los pueblos, a las personas, para que puedan enfrentar los desafíos que tienen. Y lo hago porque con ellos comparto mi pan, y el sueño de una sociedad fraterna. Ellos también la desean. Y caminando juntos, con la ayuda del Espíritu y siguiendo las huellas de Jesús de Nazaret, ¡lo conseguiremos! Y esa evangelización la vivo desde la Iglesia local con la que comparto fe, alegría y misión”.

Crédito de la nota: OMPRESS.