9 octubre, 2026

España: En Málaga el Evangelio llega a los jóvenes de las periferias

El Evangelio no debe ser anunciado solo desde los púlpitos; puede ser comunicado también en el patio del colegio, en las conversaciones después de las clases, o en el acompañamiento silencioso de los jóvenes que necesitan redescubrir el propio valor. Sor Lucía López Álvarez-Ossorio, Hija de la Caridad, ha elegido la cercanía, la presencia y la capacidad de estar junto a las personas también cuando es difícil, en lugar de fiarse de grandes palabras.

En el sur de España, en la vibrante Málaga llena de sol, más allá del bullicio del puerto y de la vida turística, existe otro mundo: el mundo de los jóvenes marcado por la soledad, la inseguridad y por el sentido del rechazo. Es ahí, entre las luchas cotidianas y las periferias humanas, que la hermana Lucía López, Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl, vive y sirve.

Un lugar donde la vida no se aprende en los libros, se toca

La hermana Lucía, o “Sorlu” como la llaman los lugareños, imparte clases de religión y educación física en una escuela local. Entre sus alumnos no solo hay niños españoles, sino también “estudiantes gitanos, marroquíes, sudamericanos, ucranianos y chinos… niños y jóvenes que llevan mochilas mucho más pesadas que sus mochilas escolares”, afirma la hermana Lucía.

Algunos provienen de familias desestructuradas. Otros viven con etiquetas impuestas incluso antes de poder hablar. Muchos aprendieron demasiado pronto lo que significa sentirse rechazados. Jóvenes que provocan a los demás porque, en el fondo, temen que alguien también termine por abandonarlos. “Sin embargo, cada mañana sigo creyendo que Dios entra al aula antes que yo”, asegura la hermana Lucía sobre su trabajo.

Si buscas a la hermana Lucía con el hábito tradicional, tu búsqueda sería en vano. Como ella misma explica: “Mi hábito suele ser un chándal, zapatillas deportivas o una sudadera con capucha. No porque quiera ocultar mi identidad, sino porque quiero entrar profundamente en la realidad que acompaño. Hay periferias donde primero hay que aprender a estar presente antes de hablar de Dios”.

 Sor Lucía durante la clase de educación física, archivo de sor Lucía
La hermana Lucía durante la clase de educación física

“No me considero una heroína. Soy una mujer común”

La misión principal de la hermana Lucía es la cercanía. Quiere estar presente dondequiera que se la necesite, aunque a menudo no ha sido fácil. Estar cerca de un adolescente que se rebela constantemente simplemente porque necesita saber si alguien es capaz de no abandonarlo. Animar a un niño que cree que nunca logrará nada porque nadie le enseñó a creer en sí mismo. “Permanecer al lado de un joven que dice no creer en Dios, pero se abre cuando descubre que alguien lo trata con una ternura inesperada. Estar cerca de una niña que se autolesiona porque no encuentra las palabras para expresar todo lo que lleva dentro”.

La hermana Lucía trabaja entre pelotas, conflictos, desafíos, risas, abrazos, problemas de disciplina y preguntas imposibles. Y justo ahí, en medio de estas historias, descubre “que Jesús sigue vivo”. Dios no se encuentra en la perfección ni en las apariencias impecables, sino “en el barro de la existencia humana”.

En este contexto, la evangelización comienza “cuando un joven empieza a confiar de nuevo en un adulto. Cuando un estudiante descubre que su vida vale más de lo que otros le han hecho creer. Cuando alguien escucha, quizás por primera vez, las sencillas pero vitales palabras: ‘Tú vales’”.

“No me considero una heroína. Soy una mujer común”

Ser una Hija de la Caridad hoy no significa hacer cosas extraordinarias. Significa permanecer enamorada incluso cuando la realidad es incómoda. “Significa seguir creyendo en las personas incluso cuando ellas mismas ya no creen en sí mismas”.

 Sor Lucía con los jóvenes en la montaña, archivo de sor Lucía
La hermana Lucía con los jóvenes en la montaña

San Vicente de Paúl decía que “el amor es infinitamente ingenioso”. Y hoy, esa creatividad también implica aprender nuevos lenguajes: “un mensaje de WhatsApp enviado en el momento justo, una conversación después de clase, una presencia serena en las redes sociales, una escucha sincera cuando nadie más está escuchando”.

“Los jóvenes de hoy no solo necesitan maestros. Necesitan testigos”. Adultos capaces de vivir lo que predican. Personas que no solo hablan de esperanza, justicia o misericordia, sino que las hacen visibles a través de su mirada, su acompañamiento y su estilo de vida.

La hermana Lucía asegura: “Hay días en que estoy completamente agotada. Días en que parece que nada cambia. Sin embargo, incluso entonces, sigo convencida de una cosa: el Evangelio tiene un poder enorme cuando deja de ser teoría y se convierte en vida concreta”.

Quizás esta sea una de las grandes vocaciones de la Iglesia hoy: no conquistar espacios, sino habitar en las heridas humanas. No buscar protagonismo, sino presencia. No centrarse en aparentar fortaleza, sino aprender a ser profundamente humanos.

El mundo no necesita cristianos perfectos. “Necesita personas que puedan mirar a los demás a los ojos y decir con su vida: ‘No estás solo. Estoy contigo’”.

Crédito de la nota: Vatican News.