Detrás de las grandes autopistas que conectan el norte de Nairobi con el centro de la ciudad, justo al borde del vertedero de Dandora —uno de los lugares más contaminados del mundo— y a pocos pasos de la zona industrial de Ruaraka, donde se alzan majestuosas fábricas y plantas de producción, se encuentra Baba Dogo. No es tan conocido como Kibera o Mathare, pero también es un slum (barrio carenciado) de la capital de Kenia.
Una población extremadamente joven
«Slum» significa barrio densamente poblado y en condiciones extremas. Y, lamentablemente, ese es el destino de los más de 30 mil habitantes de Baba Dogo. La población es muy joven: más del 50 % tiene menos de 25 años. Sin embargo, viven sin alcantarillado ni acceso adecuado a agua potable, lo que eleva enormemente el riesgo de enfermedades intestinales y contaminación ambiental. La falta de centros de salud adecuados obliga a muchas mujeres a dar a luz en casa. Cuando el gobierno nacional hizo públicas las escuelas primarias en enero de 2007, la matrícula escolar se duplicó y la tasa de alfabetización creció un 78 %. Un logro sin duda positivo, pero que tropieza con estructuras inadecuadas y escasez de personal, lo que dificulta el aprendizaje, la socialización y la proyección de futuro.
Compromiso con la educación
Por eso, en diciembre de 2007, la delegación agustiniana en Kenia inició en Baba Dogo la construcción de una escuela católica, que fue inaugurada el 12 de octubre de 2008 por quien entonces era el prior general de los agustinos, Robert Francis Prevost, hoy el papa León XIV.
Allí acaban de visitar Maurizio Misitano y Simona Cipriani, director ejecutivo y responsable de comunicación respectivamente de la Fundación Agustinos en el Mundo. Relatan cómo avanza el proyecto: «Estar en Baba Dogo es muy importante para nosotros —explica Misitano— porque aquí impulsamos el sector educativo, clave en la formación agustiniana».
Actualmente, el proyecto atiende a 850 niños y niñas, ofreciéndoles un programa educativo de calidad, dos comidas calientes al día y espacios dignos para estudiar, jugar y crecer. Además, imparten cursos de programación informática y de asistencia sociosanitaria, en colaboración con el centro médico gestionado también por los agustinos.
Presencia agustiniana en Kenia
Su presencia en la zona tiene raíces profundas. Comenzó en 1989, cuando fundaron una parroquia en Baba Dogo con el sueño de ofrecer servicios a los más pobres. Primero construyeron una iglesia y la residencia para los frailes, luego una escuela primaria y una clínica. En 2007 nació oficialmente la delegación agustiniana en Kenia, que aprovechó un programa nacional para combatir el VIH y adaptó algunos espacios parroquiales con ese fin.
Dado el éxito y la creciente demanda de servicios, decidieron construir una clínica equipada para consultas generales y pequeñas cirugías, inaugurada en 2010. Hoy los agustinos también están presentes en Kisumu, la tercera ciudad más grande del país, concretamente en el slum de Nyamasaria, donde —cuenta Misitano— «hemos construido una sala multifuncional por iniciativa del entonces prior Prevost. Estamos terminando la iglesia y una escuela que podrá acoger hasta mil niños, muchos de ellos con discapacidad. El preescolar ya está en marcha y atiende a 150 pequeños». Además, en Eldoret, capital del condado de Uasin Gishu, en el Valle del Rift, construyeron una escuela cerca de la parroquia de St. Joseph the Worker Kapyemit.
La fuerza de una sonrisa
Los misioneros trabajan en un contexto político cada vez más tenso, marcado por altos índices de criminalidad, pandillas violentas y agresiones contra mujeres. A eso se suman las recientes protestas juveniles, que comenzaron como rechazo a un proyecto de ley fiscal y se han convertido en una expresión de desconfianza hacia las instituciones, paralizando al país a dos años de las elecciones.
Sin embargo, al concluir su viaje, Misitano y Cipriani mantienen la esperanza: «Nuestra misión no puede limitarse a las escuelas; debe incluir a las familias, a toda la comunidad. En Ishiara queremos desarrollar un modelo agroecológico para que los pequeños agricultores puedan replicarlo. En Baba Dogo queremos ampliar la escuela porque el número de niños sigue creciendo».
Porque, al final, ninguna dificultad puede resistirse a la sonrisa contagiosa de Peter, un agricultor de Ishiara, ni a la maravillosa bienvenida de las niñas de Kisumu.
Crédito de la nota: Vatican News.
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