La rumba congoleña busca ser patrimonio inmaterial de la humanidad

Durante una ceremonia presidida por la ministra de Cultura de la República Democrática del Congo, Catherine Kathungu Furaha, el 17 de agosto se lanzó oficialmente en Kinshasa una campaña para promover la inclusión de la rumba congoleña entre los patrimonios intangibles de la humanidad protegidos por la UNESCO. La campaña cuenta con el apoyo de un comité mixto, en el que participan las repúblicas del Congo, Congo-Kinshasa y Congo-Brazzaville.

La lista de patrimonios inmateriales de la humanidad fue creada por la Unesco en 2001, junto con la de los sitios del patrimonio mundial, con el objetivo de promover la protección y mejora de las formas expresivas, en su mayoría de origen y transmisión populares. «Oral», pero también de técnicas (p. Ej. muros de piedra seca) y culturas (como la dieta mediterránea). La candidatura de la rumba congoleña se presentó el año pasado.

El grueso de los patrimonios intangibles en los campos musical y artístico que ha ido siendo aceptado por la Unesco a lo largo de estos veinte años está compuesto por tradiciones bastante específicas. Italia está en la lista -por nombrar solo dos ejemplos- con la ópera de títeres siciliana y el canto tenor sardo, pero la UNESCO también ha reconocido géneros musicales muy amplios como el tango argentino y uruguayo y el reggae jamaicano, que partiendo de una dimensión tradicional y marginal, han sufrido enormes procesos evolutivos (y también de globalización).

Ritmo unificador

Dadas estas premisas, sería difícil negar a la rumba congoleña el estatus de patrimonio inmaterial de la humanidad. La rumba congoleña comenzó a emerger con fuerza a principios de los años cincuenta, particularmente en Kinshasa. Cantada mayoritariamente en lingala (la lengua franca de los dos congos), con gigantes como Franco y Tabu Ley Rochereau, la rumba relata las transformaciones inducidas por la colonización y la urbanización con gran poesía y un agudo ojo sociológico: relaciones interpersonales y sentimentales, la corrupción de costumbres, incluso la individualización de la relación con la muerte.

La rumba escenificó la «comedia humana» del Congo moderno. Pero la calidad sublime y el brío abrumador de la rumba la han hecho ser amada incluso donde no se entendía el lingala. Así la rumba ha dominado los escenarios musicales de los países circundantes y fue escuchada y bailada con pasión en gran parte del África negra en la fase de la independencia y al menos hasta los años ochenta: si hubo una corriente musical que en el siglo pasado se ha unificado es la rumba.

Hoy Kinshasa está dominada por formas exasperadas de soukous, heredero de la rumba: el estatus de la rumba como patrimonio inmaterial no cambiaría la dinámica que tienen de su lógica y que, nos guste o no, está profundamente arraigada. Pero sancionaría el valor de una historia gloriosa y, al premiar una corriente musical que fue uno de los fenómenos más nobles e importantes de toda la música del siglo XX (considerando todos los géneros), sería un reconocimiento no solo para la dos repúblicas del Congo, pero para toda África que se ha identificado con la rumba.

Crédito de la nota: Nigrizia

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