24 mayo, 2024

Quien tenga buena voluntad puede ser voluntario y ayudar al otro

La última cita del papa Francisco en Mongolia ha sido para inaugurar la Casa de la Misericordia. En estas palabras, dijo Francisco, está la definición de la Iglesia, que está llamada a ser hogar acogedor donde todos pueden experimentar un amor superior, que mueve y conmueve el corazón; el amor tierno y providente del Padre, que nos quiere en su casa como hermanos y hermanas.

Francisco se dirigió esta mañana, 4 de septiembre, a la Casa de la Misericordia para su inauguración.  Este centro está ubicado en un complejo escolar en desuso que perteneció a las Hermanas Hospitalarias de San Pablo de Chartres, en el distrito de Bayangol, en la parte central de la ciudad. Nació gracias a la iniciativa de los responsables de la Iglesia local y del prefecto apostólico de Ulán Bator, cardenal Giorgio Marengo, y gracias a la ayuda de la dirección nacional de las Obras Misionales Pontificias de Australia y la Misión Católica.

El edificio, distribuido en tres pisos y un sótano, se transformó en un refugio temporal para personas pobres; se ha equipado con una clínica, para responder a las necesidades de las personas sin hogar. Es un refugio temporal en el que los migrantes que llegan a la ciudad sin puntos de referencia pueden recibir un primer apoyo. Los operadores de la Casa de la Misericordia trabajarán en estrecha colaboración con las estructuras sanitarias, con la policía local y con los trabajadores sociales presentes en el distrito.

Cantos y testimonios

El Papa fue recibido por el director de la Casa de la Misericordia, Andrew Tran, quien en su mensaje a Francisco le confirmó que desean crear un lugar para las personas vulnerables, sobre todo mujeres y niños, para que puedan reunirse en un ambiente armónico y sentirse apreciados, seguros y en paz. La casa funciona también como centro de recibimiento para las personas sin hogar.

El Papa pudo disfrutar también de un canto y un baile realizado por los chicos presentes en el centro. Dos testimonios, el de un representante del grupo de sanidad y el de Naidansuren Otgongerel, con una discapacidad. En 2002, fue invitada para unirse a la Iglesia católica. Su primer camino lo inició con los Misioneros de la Consolata. Expresó su agradecimiento por la hermosa experiencia en la fe cristiana. Reflexionando sobre su vida antes y hoy día, se preguntó por qué Jesús está clavado en la cruz y pudo comprender que Él había sido clavado en la cruz por ella, por amor, por sus pecados, y sintió que era una cruz que debía soportar y llevar con alegría. Jesús había sido crucificado por ella. Aceptó su cruz como persona con discapacidad con felicidad.

Gastarse por el prójimo

Desde un pequeño lugar, el Papa dio un discurso dirigido al mundo. Dijo que gastarse por el prójimo, por su salud, sus necesidades básicas, su formación y su cultura, pertenece desde los inicios a la Iglesia de Mongolia. Desde que los primeros misioneros llegaron a Ulán Bator en los años 90, sintieron inmediatamente la llamada a la caridad, que los llevó a hacerse cargo de la infancia desamparada, de los hermanos sin hogar, de los enfermos, de las personas con alguna discapacidad, de los presos y de quienes, en su situación de sufrimiento, pedían ser acogidos.

Después de inaugurar el centro, el Papa quiso «perder tiempo» como dice, recorriendo cada uno de los espacios, conversando con los presentes. Recordándoles que para hacer voluntariado no es necesario ser ricos, cualquiera con su buen a voluntad puede hacerlo. Y que la Iglesia católica no hace proselitismo: los cristianos, les dijo, reconocen a quienes pasan necesidad y hacen lo posible para aliviar sus sufrimientos porque allí ven a Jesús. Quiere imaginar esta casa como el lugar donde personas de credos diferentes, y no creyentes, unen los propios esfuerzos a los de los católicos locales para socorrer con compasión a muchos hermanos.

Crédito: Vatican News.