23 febrero, 2024

La misión entre los jóvenes de las hermanas Venerinas de Ebolowa

Las misioneras están presentes en el país africano desde hace 37 años, donde, apoyadas también por el Grupo India onlus, desarrollan su apostolado dedicándose a la educación y al apoyo a los más pobres. Para la hermana María Testa «es agotador, pero seguimos adelante con alegría».

«¿Ebolowa? Es el centro de nuestra vida y de nuestra misión». La hermana María Testa, de la Congregación de las Maestras Pías Venerini, clase 1941, de Corcumello en la provincia italiana de L’Aquila, celebrará este año su 37 cumpleaños camerunés.

«Era el 21 de agosto, dos de nosotras llegamos aquí a Ebolowa, conmigo estaba la hermana Giuseppina Moroldo, que ya no está con nosotras».

A ellas se unió unos meses después la hermana María José Carregosa Santana, que se ocupaba de la leprosería; Josefina estaba con el grupo de madres, mientras que María estaba con los jóvenes y los niños, con los grupos del oratorio salesiano.

«Vivo en la nostalgia de los tiempos pasados», confiesa con una sonrisa, recordando la vida de estas tres religiosas que llegaron, una de Brasil y dos de Italia, a la capital de la región sur, en plena selva ecuatorial, en la zona francófona de Camerún.

Las obras de las hermanas Venerini

Desde entonces, la presencia de las hermanas Maestras Pías Venerini se ha extendido a la capital, Youndé, a Bimingue, donde ahora se encuentra sor María, en Lablé y en Ebolowa, donde hay once monjas y una novicia que se dedican a la gestión de un gran complejo escolar que incluye una guardería y una escuela primaria, con un taller para madres solteras y sus hijos. A esto se añade una escuela para la formación profesional y técnica de las niñas, el Instituto Técnico Femenino Santa Rosa Venerini, situado no lejos de Ebolowa, en el suburbio de Ngalan, que ha obtenido el reconocimiento «dados los resultados y en comparación con otras escuelas», señala orgullosa la hermana.

Basta con cruzar el umbral del jardín de niños y de la escuela primaria para sentirse abrumado por el furor de los pequeños alumnos, que, entre besos, abrazos y bailes, inundan de alegría y júbilo a los visitantes, desde los más pequeños, de 3 años, hasta los mayores. «La guardería está llena, a rebosar –explica la hermana– los padres los envían de buen grado, un poco por el ambiente y por la higiene, aunque a veces falte agua y electricidad».

La ayuda de estas monjas a las familias es inestimable, acogen a sus hijos, garantizan una educación a estos pequeños que, en la mayoría de los casos, viven hacinados en chozas, construidas en su mayoría de madera, con láminas de zinc por techo, con muy poca luz, ya sea natural o artificial, con las alcantarillas abiertas y los pequeños jugando descalzos en las cunetas. «Hay mucha pobreza –explica la hermana María– pero a menudo los verdaderos pobres no se dejan ver, no piden demasiado, permanecen un poco retraídos».

Apoyo a las jóvenes con dificultades

El taller acoge a jóvenes madres que no han podido estudiar, expulsadas de sus casas por quedar embarazadas o abandonadas por los padres de sus hijos. Las hermanas las siguen para enseñarles corte y confección y que puedan labrarse un futuro laboral. El problema es que –explica la hermana Alice Kegni, delegada de las hermanas Venerinas en Camerún y Benín– las posibilidades que tenemos son pocas, para la compra de materiales, pero también para el espacio, que es escaso y nos obliga a rechazar otras admisiones».

Solidaridad del Grupo India

Toda esta ayuda a quienes parecían no tenerla el día de mañana, pasa una pesada factura a las Maestras Pías Venerini, que no reciben nada del Estado. «El Estado promete que sí –señala la hermana María– pero luego a las escuelas católicas privadas no las ayudan. La suerte fue conocer el Grupo India, la organización sin fines de lucro fundada por el padre jesuita Mario Pesce, que lleva a cabo proyectos de apoyo a distancia y ayuda humanitaria y sostiene el Instituto Técnico Femenino».

«Cuando llega la ayuda, respiramos pagamos a los profesores y las deudas, aprovechamos para comprar tela para hacer ropa y organizar cursos de repaso. Luego está la salud de nuestras alumnas, y están las madres solteras con sus hijos, así que también nos ocupamos de estos recién nacidos, que luego crecen, que tienen que ir a la escuela, con la madre aún sin formación y sin trabajo».

A veces «es duro, de verdad», admite la hermana María Testa, «pero seguimos adelante, porque nos da alegría ver que una niña se siente aliviada porque se siente apoyada».

Crédito de la nota: Vatican News.