30 mayo, 2024

La Patagonia argentina: Tierra de misión

La Iglesia en la Patagonia se enfrenta a un escenario único, marcado por la distancia, la diversidad y la falta de recursos. En las vastas extensiones de esta región argentina lleva adelante su labor episcopal, junto con otros, monseñor Roberto Álvarez, quien comparte en una entrevista con la fundación Aid to the Church in Need sus sueños y desafíos.

Desde octubre de 2023, monseñor Roberto Álvarez lleva sobre sus hombros una doble responsabilidad porque es al mismo tiempo obispo de la recién creada diócesis de Rawson y administrador apostólico de la diócesis de Comodoro Rivadavia, ambas en la Patagonia argentina. Asumió como obispo de Rawson el 17 de febrero.

La diócesis, que aún está dando sus primeros pasos, se enfrenta a desafíos singulares: «La Iglesia patagónica es una Iglesia especial y muy diferente al resto de la Argentina, con unos grandes retos. Por ejemplo, somos tierra de evangelización, tierra de misión. Aquí no hay una fe cristiana profunda, nos parecemos más en ese aspecto a Uruguay», explica Mons. Álvarez, señalando que la provincia de Chubut, donde está Rawson, se caracteriza históricamente por una fuerte migración.

«Esta región donde originariamente habitaron mapuches-tehuelches, y que fue posteriormente poblada por inmigrantes galeses en el siglo XIX, recibe ahora a personas de Bolivia y Paraguay, generando una diversidad cultural y religiosa única en el país. Aquí también hay una presencia grande de la Iglesia protestante, lo cual tampoco es tan común en otros lugares de Argentina», subraya.

Una diócesis de cien mil kilómetros de extensión

Quizás el desafío más impactante es la vasta distancia que separa sus comunidades. La nueva diócesis abarca unos cien mil kilómetros, una superficie mayor que Portugal o Austria. El obispo describe una realidad que a veces requiere sacrificios extremos: «Aquí no hay trenes y apenas vuelos, así que nos movemos con auto. Hay zonas rurales por las que tienes que hacer 200 km de ida y 200 km de vuelta para celebrar la santa misa».

Para atender la reunión de pastoral a nivel de toda la Patagonia, algunos participantes tienen que hacer mil 500 a 2 mil kilómetros, por ejemplo, los que viajan desde Ushuaia. «Pero lo hacen, y con gran alegría, porque saben lo importante que estos encuentros son para el futuro de la evangelización. A veces es más fácil contar con su participación aquí en la Patagonia que en otros sitios donde yo he trabajado antes, donde las distancias eran muchísimo más cortas», comenta el obispo.

También a él le toca recorrer cientos de kilómetros en su labor: a finales de enero, por ejemplo, recorrió 807 kilómetros por carretera para acudir al encuentro binacional por la paz y fraternidad entre Chile y Argentina que tiene lugar en el paso fronterizo al suroeste de la provincia de Chubut.

En este contexto particular, Monseñor Álvarez destaca la importancia de la formación del clero. De los doce sacerdotes que atienden la diócesis de Rawson, seis son extranjeros y seis argentinos, de los cuales sólo tres son patagónicos: «Sólo tengo un ‘puñado’ de sacerdotes, así que aquí los laicos cumplen verdaderamente su misión bautismal, y para ello son fundamentales. Como las distancias son tremendas es importante cuidar a los sacerdotes, acompañarlos. Este año tuvimos el primer encuentro de clero joven y estaban realmente muy contentos».

El desafío de la financiación

Otro desafío que afrenta Monseñor Álvarez es la pobreza, que ha crecido todavía más en los últimos ocho o diez años. «Cuando no se tiene nada, no se tienen preocupaciones propias, sólo me preocupa cómo mantener económicamente a mis agentes pastorales en la diócesis», afirma.

«Mira, acabo de terminar de planchar la ropa. No tengo casa propia. Yo me lavo, me plancho y hago todo. Vivo de la caridad de mis sacerdotes que me dan alojamiento y comida. Siempre hay un cura que te presta una almohada en una parroquia», explica. «Pero a pesar de las dificultades económicas y geográficas soy muy feliz», añade con alegría contagiosa.

La combinación de los dos retos, las largas distancias unidas a la falta de medios, hace que el sostenimiento de la nueva diócesis sea difícil. Para los sacerdotes, un simple viaje puede representar un costo significativo, a veces incluso equivalente a un mes completo del ingreso que reciben de sus parroquias. «Por eso es tan importante la ayuda que me dan para los cursos de formación y los estipendios de misa. Sin la ayuda de la fundación ACN sería imposible asumir los costes de combustible para la labor pastoral», afirma Monseñor Álvarez.

ACN también ayuda a la manutención de las Hermanas de San Juan Bautista, una comunidad de religiosas mexicanas que hacen una labor extraordinaria en un radio de 250 kilómetros cuadrados y abarcan localidades remotas de la nueva diócesis, como Las Plumas, Dique Ameghino o el Escorial. Allí donde ya no llega el asfalto y el terreno se convierte en piedra y arena, estas hermanas realizan la labor pastoral y social, atendiendo a las familias más necesitadas, llevando el consuelo de Dios, pero también alimentos y medicamentos. «Viven con enorme austeridad, soportando temperaturas inferiores a los 10 grados bajo cero. Tienen potestad de casar y bautizar, pues el sacerdote más cercano está a varias horas. La ayuda que reciben es indispensable, sin eso no podrían cubrir sus costes», recuerda el obispo agradecido.

Crédito de la nota: Vatican News.